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Playa Girón, memoria enérgica en el tiempo

Playa Girón, memoria enérgica en el tiempo

  “…Una columna oscura se levanta y los niños se arrancan los juegos de un tirón…

…guárdate tu oración amigo viejo, e invoca a Peralejo que nos viene mejor…”

(fragmento de Girón Preludio, de Silvio Rodríguez)

 

  Amalia estaba embarazada y ese domingo 16 de abril de 1961 estuvo en Playa Girón, sitio alejado en la geografía cubana y que la Revolución, en ciernes, emprendía su transformación. 

  Allí se edificaba un centro turístico. El mar estaba aparentemente tranquilo.  Despreocupada caminó por la orilla, introdujo sus pies en las aguas cálidas del Caribe.  Ajena de que aquel lugar sería en breves horas un infierno…

  La madrugada del lunes 17 de abril, hace 50 años, vio rota la calma en el sur de Cuba. La Brigada 2506 organizada y financiada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos desembarcaba con el fin de destruir a la Revolución.

  Richard Bisell, alto funcionario de la CIA daba por sentado el éxito, para ello desde los primeros meses del año 1960 preparaba a la opinión pública, estableció la emisora subversiva conocida como radio Swan y confiaba en que los habitantes de la Isla se sumarían a los mercenarios.

  Mientras tanto en Cuba, se organizaban los vecinos, las mujeres y jóvenes…los campesinos aprendían a leer y a escribir…

  La Ciénaga de Zapata despertaba de un largo sueño de oscuridad. Sus habitantes comenzaban a ser tratados como seres humanos y se abría el horizonte con ofertas de empleo, carreteras, transporte y hasta zapatos.

  Emérito García García, alumno de la Escuela de Responsables de Milicia, de Matanzas, dejó testimonio de los momentos primeros de la invasión mercenaria por Playa Larga y Girón:

  "Al llegar el aviso del desembarco a la escuela, allí había un solo camión que lo utilizaban para suministro, un pelotón salió a la carretera y pararon a todos los vehículos que podían servir para cargar personal, y en esos camiones salimos rumbo a la zona de la invasión.

"Avanzamos hasta cerca de la Boca de la Laguna del Tesoro y les caímos atrás a los mercenarios que se tiraban en paracaídas, ellos huían y logramos avanzar hacia Palpite lugar a donde llegamos sobre la una de la tarde.

  "Siempre recuerdo que el capitán Fernández nos formó y ordenó: izquierdaaa, izquie... a chocar con el enemigo, figúrese allí la cosa se puso fea, no fuimos a atrincherarnos, fuimos a chocar con los invasores, como a las 11 de la noche el plomo estaba volando por encima de nuestras cabezas".

  Este hombre era miliciano de la segunda escuadra, tercer pelotón, tercera compañía.

 "Decir que tirábamos, lo que se dice tirar, no es verdad, la estrategia era avanzar y avanzar por el lado izquierdo de la carretera para llegar a Playa Larga, no se podía ni hablar, el ruido era inmenso, las pocas palabras que se decían, son impublicables...

"El combate fue violento, después el silencio angustiante y la preocupación por los heridos, tuvimos 14 bajas y 35 lesionados en la compañía, aquello fue tremendo. Esto se ha dicho muchas veces, pero no me canso de contarlo, los jóvenes casi niños que operaban las cuatro bocas no le tenían miedo a nada, fueron verdaderos héroes…” 

  De Palpite continuaron por carretera, tomaron Playa Larga, siguieron camino y en la noche del 18 de abril se instalaron en Punta Perdiz, una zona entre Playa Larga y Playa Girón.

  Wilfredo Díaz y Claudio Argüelles, entre otros valerosos jóvenes fueron compañeros de Emérito caídos en el combate, también ese 17 de abril fue alcanzado por la metralla Iluminado Rodríguez, el hombre que enfermo de varicela, montó en su ambulancia para trasladar heridos hacia el hospital de Jagüey Grande.

  Hasta Palpite llegaron los mercenarios el 17 de abril, después en menos de 72 horas fueron derrotados por la fuerza del pueblo.

  Amalia era maestra, a sus alumnos siempre les habló de los hechos de abril de 1961, del valor de los milicianos, de la retaguardia en Jagüey Grande, de médicos y enfermeras voluntarios…para que Playa Girón constituya siempre memoria enérgica en el tiempo…

 

 

 

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1 comentario

Alfredo de Jesus Viso -

Tomado de Somos Cubanos.com

"¡Yo Estuve en la Rastra de la Muerte!"



Por el Brigadista Emilio Valdés Calderón


Parece que fue ayer, pero no: hace 40 años que invadimos a Cuba con el propósito de liberar a la patria del comunismo. Por tres días, del 17 al 19 de abril, estuvimos peleando hasta que se nos acabaron las balas. Ya dispersos por la Ciénaga de Zapata, fuimos hecho prisioneros por las tropas castristas. Nos llevaron a Girón, donde nos maltrataron, escupiéndonos, insultándonos, amenazándonos con el paredón. El grupo nuestro fue llevado a una casa donde habían muchos más prisioneros. Tres de ellos fueron fusilados después. Uno fue Pérez Cruzata, quien había estado antes con Efigenio Amejeiras, Jefe de la Policía. En un cuarto habíamos 30 detenidos, y allí encontré a un primo mío, quien estaba herido sin ser atendido. Al día siguiente, creo que era el 24 de abril, nos sacaron de la habitación y afuera nos alinearon frente a una enorme rastra. Allí estaba el Comandante Osmani Cienfuegos (hermano de Camilo) dando órdenes. Un individuo que después supe se llamaba Fernández Vila, del Instituto Nacional de la Reforma Agraria (INRA) iba llamando a muchos, incluyendo a heridos. En esa lista caímos mi hermano Francisco, mi primo Humberto, y yo.
Cuando ya habían 110 brigadistas dentro de la rastra, los que eran vejados por el Comandante Cienfuegos, Fernández Vila le advirtió que nos íbamos a morir asfixiados. Cienfuegos comentó: "No importa. De todas formas los vamos a fusilar. Traigan 50 cochinos más". Nuestro jefe, Ernedio Oliva, también estaba en la rastra. Cienfuegos le preguntó que qué tenía que decir, a lo que Oliva respondió con su nombre, rango, y número de serie. Esto puso furioso a Cienfuegos, y ordenó que Oliva saliera del vehículo. Esto posiblemente le salvó la vida. Estimo que ya habíamos 161 brigadistas en esas circunstancias. Más de 40 heridos fueron tirados adentro. Cerrada la puerta lateral, la rastra fue puesta en marcha. Tratamos desesperadamente de volcarla, lanzándonos contra los lados, pero inútilmente. Las paredes interiores estaban cubiertas con madera "playwood" y zinc. Un paracaidista que sabía karate rompió algunas tablas. Estábamos muy apiñados, y el aire comenzaba a faltarnos. Fue horrible. La oscuridad era total. Se produjo un caos. Muy difícil de describir aquellas escenas. En la parte de atrás de la rastra logramos hacer algunas hendiduras utilizando los metales de nuestros cinturones y un pedazo de hierro que apareció no se cómo. El infierno de Dante me lució entonces un paseo por el Prado...
Logramos hacer unos cuatro huequitos de más o menos una pulgada y media cada uno, y claro, éramos muchos para todos poder usarlos. Esas ranuras fueron hechas como a unos tres pies del piso. En la parte del frente se produjo una gran agitación, ya que allí no había respiración alguna. Algunos de esos hombres, ya casi desmayados, logramos cargarlos, pasarlos para atrás y ponerlos junto a los huecos. Uno de ellos fue Arteaga, vecino mío en Cuba, quien prácticamente muerto, pudimos revivirlo. Mi hermano, el viejo Guerra y su hijo estaban al lado opuesto. Guerra nos arengó para que estuviésemos tranquilos, diciéndonos que nos íbamos a salvar. Pusimos nuestras camisas en las paredes para absorber la humedad y el frío de la noche, y pasándolas por nuestros cuerpos nos ayudaba a mantenernos vivos y alertas, pues si uno caía al piso, no se levantaba más.Ya habían algunos muertos. Y he aquí lo que más me impresionó en aquel trágico viaje de ocho horas...José Millán saltó del piso y me dio en la cara sin querer...Me dijo que tenía esposa e hijas en Miami. Entonces me confesó que se iba a morir en ese momento, que tenía a Jesucristo delante de él, que nosotros seríamos salvados. A los dos minutos cayó muerto. A mi lado.
Supimos que la rastra había llegado al Castillo del Príncipe, en La Habana, y que después siguió para el Palacio de los Deportes, donde por primera vez fue abierta la puerta lateral. Casi no podíamos levantarnos. Mi hermano y el viejo Guerra me ayudaron a salir. Cuando miré hacia atrás, vi a muchos cuerpos en el suelo. Después supimos que habían muerto nueve, y otro que falleció poco después. Entre ellos, un joven campesino de 20 años que no era brigadista, y así y todo lo metieron en la rastra. Fue un espectáculo de horror. La culpabilidad directa fue de Osmani Cienfuegos. Muchos militares castristas en el Palacio de los Deportes hicieron gesto de desaprobación acerca de aquella masacre e ignominia. Fue un verdadero acto de cobardía, del que también fue responsable Fidel Castro por respaldar a Cienfuegos. Cuando se escriba completa la historia de Bahía de Cochinos, se van a saber muchas cosas más.
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